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Imagen - Casco Histórico
Casco histórico
La imagen preconcebida de esta gran villa, incluso para muchos asturianos, es la de una ciudad industrial en declive. La presencia de zonas industriales en los alrededores es clara pero el gran tesoro de la Villa de Avilés se esconde un enorme patrimonio monumental y un casco histórico que te traslada a otro tiempo, enamorándote.

El "antiguo Avilés" pervive con la más contemporánea de una forma única en el Cantábrico; la recuperación medioambiental de su ría, con la transformación de su parte más visible con la incorporación de la obra del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, y la importante rehabilitación de su centro urbano hacen que el esplendor de su arquitectura y la belleza de su entorno se impongan sobre su parte industrial.

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Una nueva Avilés acoge al visitante para borrarle de la cabeza sus imágenes preconcebidas. Pasear por el casco urbano se convierte en una de las visitas que más nos sorprendan de Asturias, en un auténtico placer. No en vano, la ciudad ha celebrado recientemente sus mil años de existencia y nos ofrece su rico pasado por todas partes. El patrimonio arquitectónico de la Villa del Adelantado –así es como se la conoció en honor a Pedro Menéndez, famoso conquistador avilesino apelado el Adelantado– es un compendio de estilos y épocas históricas. Al ser una población de gran tradición comercial y portuaria, fueron muchos los nobles que durante la Edad Media y Moderna se instalaron aquí, construyendo casonas y palacios. Desde el siglo XII, el auge económico y vital de esta ciudad se fue plasmando en una serie de realizaciones arquitectónicas, algunas perdidas en casi su totalidad como las murallas y otras muy bien conservadas, con importantes reformas para recuperar su esplendor. Algunos de los inmuebles más representativos de este entorno se han ido fundiendo con las nuevas infraestructuras culturales de la ciudad. Por eso en Avilés se respira un ambiente dinámico y cargado de iniciativas públicas y privadas.

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La mejor forma de disfrutar Avilés es a pie. Todo el centro histórico se recorre plácida y agradablemente. Las calles Rivero y Galiana discurren por los soportales más famosos del Principado, que antiguamente servían de refugio para la venta ambulante los días de mercado. Rápidamente descubriremos que el casco urbano es muy paseable y que propone al turista un recorrido agradable, singular y muy valioso. El barrio de pescadores con las iglesias vieja y nueva de Sabugo, Santo Tomás de Cantorbery, El Palacio de Balsera (actual Conservatorio), El Palacio de Maqua, El Palacio de Ferrera (actual hotel de 5 estrellas), El Palacio de Llano Ponte (donde están ubicados los Cines Marta), Los Caños y la Capilla de Rivero, los Caños de San Francisco, La iglesia de San Nicolás de Bari, la plaza de los Hermanos Orbón (que acoge el Mercado de Avilés) o el palacio de Camposagrado (actual Escuela Superior de Arte) bien merecen una visita, así como la plaza de España, atravesando las calles de la Fruta, la Ferrería, San Francisco o Rivero, para adentrarse después en el parque Ferrera, auténtico pulmón verde de la ciudad con más de 82.000 m2 y el Jardín Francés.

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De obligada visita es la iglesia de los padres franciscanos, edificio religioso de mayor antigüedad de la Villa, construido entre los siglos XII y XIII –cuenta con una interesante portada románica y preciosa bóveda de crucería– y la Capilla funeraria de Los Alas del siglo XIV, una joya arquitectónica medieval.

En el Parque del Muelle encontraremos una de las esculturas más conocida de Avilés. Representa la figura del marino Pedro Menéndez, adelantado de la Florida y fundador de la primera ciudad de Estados Unidos, San Agustín de la Florida, ciudad hermanada con Avilés. En este mismo parque encontramos la escultura de La Foca. El homenaje a un ejemplar muy sociable que llegó al puerto avilesino en 1950 y amenizó a los vecinos durante una larga temporada. La estatua en su honor es sólo una de las muchas obras escultóricas que adornan la ciudad y que tienen su máximo representante en La Monstrua, ubicada en pleno corazón del barrio marinero de Sabugo. La obra se completa con un mural posterior que también recoge la imagen de La Monstrua, pero desnuda. Ambos cuadros forman parte del fondo del Museo del Prado.


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